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martes, 3 de junio de 2014

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, 2

Blog Católico de Javier Olivares-Baiona

Los siete Dones del
 Espíritu Santo.

Hasta los niños pueden comenzar a entender, 
si de esta manera se lo enseñamos



Los DONES del Espíritu Santo son 7:

-Sabiduría: nos hace ver todas las cosas a través de Dios y nos impulsa a buscarlo sobre todas las cosas.

-Entendimiento: nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y los misterios de la fe.

-Consejo: nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.

-Fortaleza: nos alienta continuamente y nos ayuda a superar con fe las dificultades.

-Ciencia: para conocer rectamente las cosas creadas por Dios.

-Piedad: nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.

-Temor de Dios: nos induce a huir de las ocasiones de pecado para elegir siempre agradar a Dios.


Ahora para los mayores:


Dones y frutos del Espíritu Santo

Vivimos rodeados de regalos de Dios. Fue sobretodo en el momento de nuestro Bautismo cuando nuestro Padre Dios nos llenó de bienes incontables. Junto con la gracia, Dios adornó nuestra alma con las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.


El Espíritu Santo nos inspira (Mateo 10, 19 ss; Juan 3, 8), nos enseña (Juan 14, 26), nos guía (Juan 16, 13), nos consuela (Juan 14, 16), nos santifica (Romanos 15, 16), nos vivifica (Romanos 8, 11). Por eso nuestro Señor Jesús lo llama “otro Paráclito” (Juan 14, 16), palabra griega que significa literalmente “aquél que es invocado” y, por lo tanto, abogado, mediador, defensor, consolador.
El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado “otro paráclito” porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

El Espíritu Santo, a través de sus dones, va conformando nuestra vida según las maneras y modos propios de un hijo de Dios que se guía ahora por el querer de Dios, Su Voluntad, y no por nuestros gustos y caprichos.

Hoy le pedimos al Paráclito, nuestro Divino Santificador, que doblegue lo que es rígido en nosotros, particularmente la rigidez de la soberbia, que caliente en nosotros lo que es frío, la tibieza en el trato con Dios; que enderece lo extraviado.
La Iglesia nos invita de muchas maneras a preparar nuestra alma a la acción del Espíritu Santo. En el Catecismo nos da la relación de estos maravillosos dones:


El don de sabiduría nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y nuestras obligaciones.


El don de entendimiento,  nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.


El don de consejo nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.


El don de fortaleza nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios.


El don de ciencia nos lleva a juzgar con rectitud de las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida que nos lleve a Él.



El don de piedad nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.


El don del temor de Dios nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación,  a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo,  a temer radicalmente separarnos de Aquél a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y vivir.
enlaces interesantes:

  

Fano nos deleita con sus dibujos. En este caso la Barca de Pedro y la fuerza de Dios. 
Con la fuerza del Espíritu Santo




Con motivo del mes de María, te ofrecemos para tu meditación y lectura espiritual una colección de textos del Papa Benedicto XVI sobre la devoción a la Virgen. Nos lo compartió un lector del blog de la-oración.com Aquí puedes leerlo y descargarlo.

Ven, dulce huésped del alma

El Espíritu Santo es el Gran Desconocido, pues si realmente lo conociéramos viviríamos con permanente paz en el alma.
Autor: Pa´que te salves | Fuente: Catholic.net
Dios, Nuestro Señor, es tan amoroso con todos nosotros que nos ha dado la conciencia. Esa voz de Dios que nos habla internamente. Ahí donde nada más estás tú y Dios, ahí es donde el Espíritu Santo te hablará. Sus llamadas amorosas no son con gritos, sino con suavidad. Se necesita que haya silencio para que podamos oírlo. Pero, nuestro mundo de hoy hace tanto ruido que no nos permitimos escuchar esa voz de Dios. Dejemos que Dios nos hable. Escuchemos sus gemidos de amor por nosotros. Esforcémonos por escucharle..

 Meditación y Reflexiones Cristianas: Dones y frutos del Espíritu Santo

Leamos la Secuencia de la Misa de Pentecostés, que nos dice:


Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

Esta hermosa oración ha sido rezada por la Iglesia durante cientos de años. Ahí vemos la dulzura de Dios que, por medio del Espíritu Santo, inunda a las almas. Escuchemos una y otra vez esas hermosas palabras que decimos del Espíritu Santo, ese dulce huésped de nuestra alma.
Lo invocamos como:
Padre amoroso del pobre,  pues Él es quien se identifica con ellos, con los que más necesitan, con los que tienen hambre y sed de Dios. Por eso, Santa Teresa decía: "quien a Dios tiene, nada le falta". Ahí estaba presente el Espíritu Santo.

Luz que penetra las almas: ¡Cuántas veces vivimos en la oscuridad del pecado, de la angustia y de la tristeza! Parece que nunca se va a hacer de día. Sin embargo, si pedimos a Dios que, por medio del Espíritu Santo nos ilumine, pronto las tinieblas de nuestro corazón se llenarán de esa luz amorosa de Dios.

Don, en tus dones espléndido : Todos los dones que pueda recibir una persona, un alma, son originados por el Espíritu Santo quien, con el fuego de su amor, piensa personalmente en cada uno de nosotros.

Fuente del mayor consuelo. ¡Cuántas veces parece que estamos inconsolables porque todo lo humano está en nuestra contra!
Dificultades con los miembros de la familia, los hijos, el cónyuge; en el trabajo, en la sociedad. Nada, parece, que nos puede consolar. Sin embargo, ahí está Dios quien, por medio del Espíritu Santo está en espera para consolarnos.

Dulce huésped del alma. Sí, ese es el Espíritu Santo, ese amable, dulce y tierno visitante de nuestra alma, que habita en ella si nosotros se lo permitimos. Pero, nuestro egoísmo lo expulsa cada vez que optamos por el pecado. Dulce huésped, ¡quédate conmigo! No permitas que nada me separe de ti.

Gozo que enjuga las lágrimas  y reconforta en los duelos ¿Quién será quien nos levante el corazón cuando el dolor es fuerte? Ahí está el dulce huésped del alma, buscando consolar y dar paz en los momentos de duelo. Pero, ¿por qué no queremos escucharle?, ¿por qué nos hacemos sordos a su voz? Cuando el alma está atribulada, cansada, fatigada, ahí se presenta quien es pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. ¡Sí! Ahí está el Espíritu Santo quien ha de confortar en todo momento.

Así podríamos ir hablando del Espíritu Santo, escuchando las palabras de esta oración que la Iglesia durante cientos de años ha recitado.

Sin embargo, esta maravillosa realidad del Espíritu Santo es muy poco conocida. Por algo se suele afirmar que el Espíritu Santo es el Gran Desconocido, pues si realmente lo conociéramos viviríamos con permanente paz en el alma. Dediquemos un tiempo para conversar amorosa e íntimamente con el Espíritu Santo, amable y dulce huésped del alma.

Recordemos algunas palabras que la Iglesia, por medio del Credo, nos dice sobre el Espíritu Santo. Recordemos que es el Señor y dador de vida. Por medio de Él, Dios vivifica al mundo, nos comunica la vida y lo santifica todo.
Los siete dones del Espíritu Santo son:

1. Sabiduría
2. Inteligencia
3. Consejo
4. Fortaleza
5. Ciencia
6. Piedad
7. Santo Temor de Dios

Los frutos del Espíritu Santo nos ayudan a saborear la gloria eterna.  La tradición de la Iglesia enumera doce:

1. Caridad
2. Gozo
3. Paz
4. Paciencia
5. Generosidad
6. Bondad
7. Benignidad
8. Mansedumbre
9. Fidelidad
10. Modestia
11. Continencia
12. Castidad

El pecado mortal es el peor enemigo del Espíritu Santo, pues si lo cometemos expulsamos de nuestra alma a su dulce huésped.
No tengamos miedo de ser testigos de Dios en la sociedad, pues si contamos con el Espíritu Santo, toda dificultad será vencida, todo cansancio refrescado y cada tristeza consolada.

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu Creador. Y renueva la faz de la Tierra. Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Amén.


Que recibáis la fuerza de lo alto para ser testigos, sin miedo, con ciencia y experiencia. 
Franja

5 comentarios:

Anónimo dijo...
gracias por esta grandiosa información DIOS los siga bendiciendo

Francisco Javier Olivares Chao dijo...
Gracias por el ánimo que me dais en especial por el correo. Hay quienes no se atreven a escribir comentarios porque les parece difícil. Que lo intentéis, porque es muy fácil hacerlo y además ayuda a los lectores a entender mejor o a darle la importancia que pudieran tener para compartirlos.

Anónimo dijo...
Gracias desde lo más hondo de mi corazón ha sido muy gratificante leer
este artículo que aparte nos enseña y es bueno compartirlo con otros
lectores.Que los frutos del Espíritu Santo nos ayuden siempre a saber
compartir la Palabra de Dios y seguir creciendo en la fe.Bendiciones.

Francisco Javier Olivares Chao dijo...
Nadie pude dar algo más grande que los que Él nos da, porque es Dios. Por eso le decimos en la secuencia de la Liturgia de la Santa Misa de ese día: "Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo".
Que nos dejemos moldear por Él y nos haremos santos. Franja

Luz dijo...
Es de bendición llegar a descubrir esta página tiene mucho que enseñar
todo lo leído es muy interesante.Que Él Señor nos mande su luz y nos
siga inspirando a través de su Santo Evangelio,y a creer en un mundo mejor donde reine la paz y seamos fuente de amor para los más pobres.

sábado, 18 de mayo de 2013

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Blog Católico de Javier Olivares-Baiona
CELEBRAMOS LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, el domingo siguiente a la SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (PASADA AHORA AL DOMINGO SIGUIENTE DE SU FECHA) Ya no se puede decir ahora, como se decía antes:  que hay tres JUEVES  en el año, que brillan más que el SOL.  JUEVES SANTO, CORPUS CHRISTI Y EL  DÍA DE LA ASCENSIÓN.
Cincuenta días después de Pascua,
PENTECOSTÉS.
Exposición dogmática
Pascua y Pentecostés, con los 50 días intermedios, se consideraban como una sola fiesta continuada a la que llamaban Cincuentenario. Primero se celebraba el triunfo de Cristo; luego su entrada en la gloria, y por fin, en el día 50, el aniversario del nacimiento de la Iglesia. La Resurrección, la Ascensión y Pentecostés pertenecen al misterio pascual. «Pascua ha sido el comienzo de la gracia. Pentecostés su coronación» dice S. Agustín, pues en ella consuma el Espíritu Santo la obra por Cristo realizada. La Ascensión, puesta en el centro del tríptico pascual, sirve de lazo de unión a esas otras dos fiestas. Cristo, por virtud de su Resurrección, nos ha devuelto el derecho a la vida divina, y en Pentecostés nos lo aplica, comunicándonos el «Espíritu vivificador». Mas para eso debe tomar primero posesión del reino que se ha conquistado: «El Espíritu Santo no había sido dado porque Jesús aún no había sido glorificado».
Hermosura del El Greco
Y en efecto, la Ascensión del Salvador es el reconocimiento oficial de sus títulos de victoria, y constituye para su humanidad como la coronación de toda su obra redentora, y para la Iglesia el principio de su existencia y de su santidad. «La Ascensión, escribe Dom Guéranger, es el intermedio entre Pascua y Pentecostés. Por una parte consuma la Pascua, colocando al hombre-Dios vencedor de la muerte y jefe de sus fieles a la diestra del Padre; y por otra, determina la misión del Espíritu Santo a la tierra». «Nuestro hermoso misterio de la Ascensión es como el deslinde de los dos reinos divinos acá abajo; del reino visible del Hijo de Dios y del reino visible del Espíritu Santo».

Jesús dijo a sus Apóstoles: «Si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me voy, Yo os le enviaré». El Verbo encarnado ha concluido ya su misión entre los hombres, y ahora va a inaugurar la suya el Espíritu Santo; porque Dios Padre no nos ha enviado solamente a su Hijo encarnado para reducirnos a su amistad, sino que también ha enviado al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y que apareció en este mundo bajo los signos visibles de lenguas de fuego y de un impetuoso viento. Vino al mundo para obrar nuestra santificación. «El Padre, dice S. Atanasio, lo hace todo por el Verbo en el Espíritu Santo»; y por eso, cuando el poder de Dios Padre se nos manifestó en la creación del mundo, leemos en el Génesis que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, para prestarlas fecundidad (Bendición de la Pila).

Toda la obra de la salvación, y la santificación de las almas, se opera por la virtud del Espíritu Santo. Él fue asimismo quien habló por boca de los Profetas, y su virtud cubrió con su sombra a la Virgen María, para hacerla Madre de Jesús. Él es, por fin, el que en figura de paloma bajó sobre Cristo al ser bautizado; Él quien le condujo al desierto y le guió en toda su vida de apostolado.
leer más:
:\Documents and Settings\Moises\Escritorio\Pentecostés.htm

Consagración al ESPÍRITU SANTO
Espíritu Santo, divino Espíritu de luz y amor, te consagro mi entendimiento, mi corazón, mi voluntad y todo mi ser, en el tiempo y en la eternidad. Que mi entendimiento este siempre sumiso a tus divinas inspiraciones y enseñanzas de la doctrina de la Iglesia católica que tu guías infaliblemente. Que mi corazón se inflame siempre en amor de Dios y del prójimo. Que mi voluntad este siempre conforme a tu divina voluntad. Que toda mi vida sea fiel imitación de la vida y virtudes de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A El, contigo y el Padre sea dado todo honor y gloria por siempre. Dios Espíritu Santo, infinito amor del Padre y del Hijo, por las manos purísimas de María, tu esposa inmaculada, me pongo hoy y todos los días de mi vida sobre tu altar escogido, el Sagrado Corazón de Jesús, como un sacrificio en tu honor, fuego consumidor, con firme resolución ahora más que nunca de oír tu voz y cumplir en todas las cosas tu santísima y adorable voluntad. Amén.


Espero que recéis al Espíritu Santo, porque necesitamos de sus
 DONES, para conseguir sus FRUTOS.

Franja.
Y por si os interesa:

DONES DEL ESPIRITU SANTO
Del Catecismo:
1830. La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo.
Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.
1831. Los siete dones del Espíritu Santo son: Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.
Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas. Tu espíritu bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10).
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,14.17)
Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.
Los dones son infundidos por Dios.
El alma no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas ya que transcienden infinitamente
todo el orden puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia. 
Es incompatible con el pecado mortal. El Espíritu Santo actúa los dones directa e inmediatamente como causa motora y principal, a diferencia de las virtudes infusas que son movidas o actuadas por el mismo hombre como causa motora y principal, aunque siempre bajo la previa moción de una gracia actual. Los dones perfeccionan el acto sobrenatural de las las virtudes infusas.
Por la moción divina de los dones, el Espíritu Santo, inhabitante en el alma, rige y gobierna inmediatamente nuestra vida sobrenatural. Ya no es la razón humana la que manda y gobierna;
es el Espíritu Santo mismo, que actúa como regla, motor y causa principal única de nuestros actos virtuosos,  poniendo en movimiento todo el organismo de nuestra vida sobrenatural hasta llevarlo a su pleno desarrollo.
Número de dones:
 La interpretación unánime de los Padres y la enseñanza de la Iglesia
 enumera siete dones del Espíritu.
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Sabiduría: gusto para lo espiritual, capacidad de juzgar de Dios. según la medida y las vive " Además, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios. Iluminado por este "La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza" Sb 7:7-8. 
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 Inteligencia (Entendimiento):
Es una gracia del Espíritu Santo para comprender la Palabra de Dios y profundizar las verdades reveladas. S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 16-IV-89 La fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es también búsqueda con el deseo de conocer más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior nos viene del Espíritu, que juntamente con ella concede precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad divina. 
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Consejo: 
Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma. S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 7-V-89
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Fortaleza:
Fuerza sobrenatural que sostiene la virtud moral de la fortaleza. Para obrar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente. Supera la timidez y la agresividad.  S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 14-V-89
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 Ciencia: 
Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 23-IV-89
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Piedad:
 Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre. Clamar ¡Abba, Padre! Un hábito sobrenatural infundido con la gracia santificante para excitar en la voluntad, por instinto del E.S., un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad universal para con todos los hombres en cuanto hermanos e hijos del mismo Padre. S.S. Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, 28-V-1989.
*******    
Temor de Dios:
Espíritu contrito ante Dios, conscientes de las culpas y del castigo divino, pero dentro de la fe en la misericordia divina. Temor a ofender a Dios, humildemente reconociendo nuestra debilidad. Sobre todo: temor filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de "permanecer" y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).  S.S. Juan Pablo II,  Catequesis sobre el Credo, 11 -VI-1989.


Confeccionado por Franja.

Datos gráficos








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