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jueves, 19 de mayo de 2016

Evangelio de hoy Jesucristo, sumo y eterno sacerdote

Blog Católico de Javier Olivares-Baiona

Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy
Master·evangeli.net

 Jesucristo, sumo y eterno sacerdote

Día litúrgico: 
Jueves después de Pentecostés: 
Jesucristo, sumo y eterno sacerdote

Texto del Evangelio (Lc 22,14-20): Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios». Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios». Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío». De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».

Comentario del
Rev. D. Albert LLANES i Vives
(Queralbs, Girona, España)
«Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer»

Hoy, la liturgia nos invita a adentrarnos en el maravilloso corazón sacerdotal de Cristo. Dentro de pocos días, la liturgia nos llevará de nuevo al corazón de Jesús, pero centrados en su carácter sagrado. Pero hoy admiramos su corazón de pastor y salvador, que se deshace por su rebaño, al que no abandonará nunca. Un corazón que manifiesta “ansia” por los suyos, por nosotros: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15).

Este corazón de sacerdote y pastor manifiesta sus sentimientos, especialmente, en la institución de la Eucaristía. Comienza la Última Cena en la que el Señor va a instituir el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, misterio de fe y de amor. San Juan sintetiza con una frase los sentimientos que dominaban el alma de Jesús en aquel entrañable momento: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora (...), como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).

¡Hasta el fin!, ¡hasta el extremo! Una solicitud que le conduce a darlo todo a todos para permanecer siempre al lado de todos. Su amor no se limita a los Apóstoles , sino que piensa en todos los hombres. La Eucaristía será el instrumento que permitirá a Jesús consolarnos “en todo lugar y en todo momento”. Él había hablado de mandarnos “otro” consolador, “otro” defensor. Habla de “otro”, porque Él mismo —Jesús-Eucaristía— es nuestro primer consolador.

El cumplimiento de la voluntad del Padre obliga a Jesús a separarse de los suyos, pero su amor que le impulsaba a permanecer con ellos, le mueve a instituir la Eucaristía, en la cual se queda realmente presente. «Considerad —escribe san Josemaría— la experiencia tan humana de la despedida de dos seres que se quieren (...). Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden (...). Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, (...) se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres». Repitamos con el salmista: «¡Cuántas maravillas has hecho, Dios mío!» (Sal 40,6).

miércoles, 27 de mayo de 2015

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Blog Católico de Javier Olivares-Baiona

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Día 28 de mayo

 JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Evangelio: Lc 22, 14-20;

"Cuando llegó la hora, se puso a la mesa y los Apóstoles con El. Y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Páscua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que no la volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios. Y tomando el cáliz, dió gracias y dijo: Tomadlo y distribuidlo entre vosotros; pues os digo que a partir de ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.Y  
tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. Y del mismo modo el cáliz después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros."

Ultima cena. de Tristán

El Amor de Jesús
Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros. Aquella cena pascual no era una más. Posiblemente quienes se ocuparon de preparar lo necesario para aquella cena lo harían con un especial esmero, el propio de esas circunstancias festivas, considerando además la presencia del Maestro, pero en modo alguno podían imaginar los sentimientos del corazón de Jesús y lo que significaba y supondría aquella cena pascual. Ardientemente, dice Jesús.

Y parece querer expresar un deseo desmedido y por largo tiempo esperado. De hecho, para eso, para lo que iba a tener lugar en aquel atardecer había venido al mundo.

En este texto de san Lucas que hoy consideramos, en la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, está todo. Aquí se contiene nuestra grandeza, lo que solemos llamar dignidad humana, que es en Dios y por divina voluntad. Y no es la de Jesús una mera ilusión divina, incierta o más o menos difícil de garantizar; algo deseable, bueno sin duda, pero que no se llega a querer con todas las fuerzas. Jesús esperaba aquella cena con un deseo divino apasionado; ardiente e impaciente, podríamos decir. El cuerpo y la sangre del Señor son entregados por nosotros: siguiendo la literalidad de este pasaje del Evangelio de san Lucas, "por vosotros": los apóstoles que escuchaban a Jesús en aquel momento. Aunque otras veces y en los otros  Evangelios quede claro el destino universal de la Salvación. Por consiguiente, por voluntad de Dios –vale la pena insistir en ello–, Jesucristo se entrega por los hombres: tal es el valor que tenemos ante los ojos de Dios. Se paga por los hombres el mayor precio posible. Y no es menos significativo que sea Dios, sabiduría infinita, quien paga ese precio. Por poderosas que parezcan las razones que nos llevan a ensalzar nuestra categoría humana, por encima de todo lo demás que contemplamos, no dejarán de ser argumentos nuestros y valoraciones "de tejas abajo". La categoría y dignidad del hombre la ha valorado Dios, que nos ha hecho hijos suyos por Jesucristo.

No termina, sin embargo, el amor de Dios por los hombres en lo mencionado, y no sólo porque lo será siempre torpemente, por la incapacidad de nuestras palabras para hablar de los dones de Dios. Es que nuestro Dios quiso conceder a los hombres un amor a la medida del suyo,  configurando a algunos de los nuestros consigo mismo, que son otros Cristos, para hacer perpetuo, siempre actual, su sacrificio de la Cruz. Haced esto en memoria mía, les dijo. Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, lo es el sacerdote del Nuevo Testamento, que celebra cotidianamente, renovando sobre el altar el mismo Sacrificio de la Cruz. En la Santa Misa, por las manos de sacerdote, se entrega cada día el Cuerpo y se derrama la Sangre de Cristo por la salvación del mundo. 

Última cena. Tintoreto


¿Valoramos tu y yo la Misa? 
¿Valoramos al sacerdote, sea quien sea?


Dios Espíritu Santo, el abogado que el Padre nos enviaría en nombre de Jesús, nos santifique para que entendamos un poco más y vivamos mucho mejor, cada uno a nuestro modo, el inapreciable don del sacerdocio. No somos seres de un demiurgo incognoscible e inalcanzable, o desprendidos de un ser absoluto que sin más nos domina. Nuestro Padre Dios nos hizo sacerdotes, para que le adoráramos con un culto digno de su grandeza; para que le demos gracias que acoge complacido en su inmensidad y trascendencia; para que, arrepentidos, le pidamos perdón de nuestras infidelidades y nos perdone; para que le supliquemos su favor y benignamente como a hijos nos atienda. 

¿Es nuestra vida una Misa permanente? ¿Lo son, de hecho, cada una de nuestras jornadas? En esto podría consistir, debería consistir, cada día.  Una serie de actividades que de algún modo  giran en torno a la celebración eucarística: como preparación, como acción de gracias.


ICONO DE LA ÚLTIMA CENA


No perderían en absoluto el atractivo humano propio en cada caso. Muy al contrario, nuestros quehaceres se verían realzados por la belleza sobrenatural de ser realizados ante Dios y por su amor, una belleza mucho más hermosa y atractiva que cualquiera humana. Posiblemente a algunos de nuestros contemporáneos, que se dicen cristianos, leales Papa, y a nosotros mismos, nos falta fe. Tal vez por esto la sociedad no descubre a menudo interés en vivir según Dios. De hecho, los ideales de bastantes pueblos, con mayoría cristiana, se ven condicionados con frecuencia por normas y costumbres que no pocas veces ofenden a Dios.

Todavía bajo el efluvio del Espíritu Santo, cuya su solemnidad acabamos de celebrar, nos encomendamos al Paráclito para que inspire en la vida de todos fervientes deseos de santidad, de una vida llena de Dios y, por consiguiente, sacerdotal. Con unas jornadas orientadas por la Santa Misa como centro a Dios Padre, como otros Cristos ofrecidos por la salvación de nuestros conciudadanos, con ocasión de los quehaceres de cada uno.

Nadie como Santa María, la madre del Sumo y Eterno Sacerdote, nos puede inspirar sentimientos eficaces a la manera de los de su divino Hijo. ¡Qué más quiere ella que hacernos santamente felices!
Puedes entrar en el enlace a continuación, 
para ver la procedencia de este artículo:
Franja.
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SACERDOTE PARA SIEMPRE  QUIERO SER:

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jueves, 12 de junio de 2014

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE.

Blog Católico de Javier Olivares-Baiona
Del 
Blog católico de Javier Olivares-Baionés jubilado-Baiona

Día 12 de junio

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

 JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Evangelio: Lc 22, 14-20;
"Cuando llegó la hora, se puso a la mesa y los Apóstoles con El. Y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Páscua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que no la volveré a comer hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios. Y tomando el cáliz, dió gracias y dijo: Tomadlo y distribuidlo entre vosotros; pues os digo que a partir de ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.Y  
tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía. Y del mismo modo el cáliz después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros."

Ultima cena. de Tristán

El Amor de Jesús
Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros. Aquella cena pascual no era una más. Posiblemente quienes se ocuparon de preparar lo necesario para aquella cena lo harían con un especial esmero, el propio de esas circunstancias festivas, considerando además la presencia del Maestro, pero en modo alguno podían imaginar los sentimientos del corazón de Jesús y lo que significaba y supondría aquella cena pascual. 
Ardientemente, dice Jesús. Y parece querer expresar un deseo desmedido y por largo tiempo esperado. De hecho, para eso, para lo que iba a tener lugar en aquel atardecer había venido al mundo.

En este texto de san Lucas que hoy consideramos, en la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, está todo. Aquí se contiene nuestra grandeza, lo que solemos llamar dignidad humana, que es en Dios y por divina voluntad. Y no es la de Jesús una mera ilusión divina, incierta o más o menos difícil de garantizar; algo deseable, bueno sin duda, pero que no se llega a querer con todas las fuerzas. Jesús esperaba aquella cena con un deseo divino apasionado; ardiente e impaciente, podríamos decir. El cuerpo y la sangre del Señor son entregados por nosotros: siguiendo la literalidad de este pasaje del Evangelio de san Lucas, "por vosotros": los apóstoles que escuchaban a Jesús en aquel momento.

 Aunque otras veces y en los otros  Evangelios quede claro el destino universal de la Salvación. Por consiguiente, por voluntad de Dios –vale la pena insistir en ello–, Jesucristo se entrega por los hombres: tal es el valor que tenemos ante los ojos de Dios. Se paga por los hombres el mayor precio posible. Y no es menos significativo que sea Dios, sabiduría infinita, quien paga ese precio. Por poderosas que parezcan las razones que nos llevan a ensalzar nuestra categoría humana, por encima de todo lo demás que contemplamos, no dejarán de ser argumentos nuestros y valoraciones "de tejas abajo". La categoría y dignidad del hombre la ha valorado Dios, que nos ha hecho hijos suyos por Jesucristo.

No termina, sin embargo, el amor de Dios por los hombres en lo mencionado, y no sólo porque lo será siempre torpemente, por la incapacidad de nuestras palabras para hablar de los dones de Dios. Es que nuestro Dios quiso conceder a los hombres un amor a la medida del suyo,  configurando a algunos de los nuestros consigo mismo, que son otros Cristos, para hacer perpetuo, siempre actual, su sacrificio de la Cruz. Haced esto en memoria mía, les dijo. Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, lo es el sacerdote del Nuevo Testamento, que celebra cotidianamente, renovando sobre el altar el mismo Sacrificio de la Cruz. En la Santa Misa, por las manos de sacerdote, se entrega cada día el Cuerpo y se derrama la Sangre de Cristo por la salvación del mundo.
Última cena. Tintoreto

¿Valoramos tu y yo la Misa? 
¿Valoramos al sacerdote, sea quien sea?

Dios Espíritu Santo, el abogado que el Padre nos enviaría en nombre de Jesús, nos santifique para que entendamos un poco más y vivamos mucho mejor, cada uno a nuestro modo, el inapreciable don del sacerdocio. No somos seres de un demiurgo incognoscible e inalcanzable, o desprendidos de un ser absoluto que sin más nos domina. Nuestro Padre Dios nos hizo sacerdotes, para que le adoráramos con un culto digno de su grandeza; para que le demos gracias que acoge complacido en su inmensidad y trascendencia; para que, arrepentidos, le pidamos perdón de nuestras infidelidades y nos perdone; para que le supliquemos su favor y benignamente como a hijos nos atienda. 

¿Es nuestra vida una Misa permanente? ¿Lo son, de hecho, cada una de nuestras jornadas? En esto podría consistir, debería consistir, cada día.  Una serie de actividades que de algún modo  giran en torno a la celebración eucarística: como preparación, como acción de gracias.

ICONO DE LA ÚLTIMA CENA

No perderían en absoluto el atractivo humano propio en cada caso. Muy al contrario, nuestros quehaceres se verían realzados por la belleza sobrenatural de ser realizados ante Dios y por su amor, una belleza mucho más hermosa y atractiva que cualquiera humana. Posiblemente a algunos de nuestros contemporáneos, que se dicen cristianos, leales Papa, y a nosotros mismos, nos falta fe. Tal vez por esto la sociedad no descubre a menudo interés en vivir según Dios. De hecho, los ideales de bastantes pueblos, con mayoría cristiana, se ven condicionados con frecuencia por normas y costumbres que no pocas veces ofenden a Dios.

Todavía bajo el efluvio del Espíritu Santo, cuya su solemnidad acabamos de celebrar, nos encomendamos al Paráclito para que inspire en la vida de todos fervientes deseos de santidad, de una vida llena de Dios y, por consiguiente, sacerdotal. Con unas jornadas orientadas por la Santa Misa como centro a Dios Padre, como otros Cristos ofrecidos por la salvación de nuestros conciudadanos, con ocasión de los quehaceres de cada uno.

Nadie como Santa María, la madre del Sumo y Eterno Sacerdote, nos puede inspirar sentimientos eficaces a la manera de los de su divino Hijo. ¡Qué más quiere ella que hacernos santamente felices!

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